Publicado el: 2 de septiembre de 2018 | 1:21 pm

Mis mentores literarios hicieron más por mí que la SEP’: J. M. Servín

Mis mentores literarios hicieron más por mí que la SEP’: J. M. Servín
El escritor mexicano publica el libro ‘Nada que perdonar. Crónicas facinerosas’.

(Literatura Random House/Redacción AN).

En el tercer piso del número 57 de la calle 16 de septiembre, el padre de J. M. Servín tenía su taller de joyería. Minucioso orfebre de los minerales, este hombre aficionado al box inculcó a su hijo la importancia del detalle y el trabajo.

Una parte del carácter del escritor se forjó en aquel cuarto. Otra parte se debe a los bajos fondos, los viajes y a saber hacer de la marginalidad una fiel coequipera.  Autor de opiniones recias y no en pocas ocasiones a contracorriente, J. M. Servín ha encontrado en su propia biografía una fuente de su proyecto literario. Así lo muestran sus libros Por amor al dólarAl final del vacío y su recién publicado Nada que perdonar. Crónicas facinerosas (Literatura Random House).

Así que tenía una maestra que le amarraba la mano izquierda de chiquito…

Sí, pero nunca dejé de ser zurdo. Uno es lo que es desde niño.

¿Infancia es destino?

Conmigo no. Al revés, eso es lo interesante. No fue destino, fue terquedad, persistencia, un poco de suerte y apoyo de amigos en algunos momentos. Lo demás vino con el tiempo.

Cree en la suerte…

Claro. Es mejor creer en la suerte que en Dios. La suerte se te puede presentar en cualquier momento y a Dios no lo he visto. No sé quien es ni para qué sirve. Si existe, es muy cruel.

 ¿Cuándo tuvo suerte?

Desde muy niño. No morí de intoxicación con un Gansito Marinela. Me puse tan grave que mi madre llamó al cura de la iglesia porque parecía una muerte inminente. Tuve suerte de no caer en la cárcel. Mi padre nos sacó a mi hermano y a mí gracias a que fue empático con el doctor Horacio Ramírez Mercado, entonces director del Tutelar de Obrero Mundial.

Y todo por no pedir perdón, según cuenta en el libro.

No hay que pedir perdón cuando no te toca. Los agraviados éramos nosotros. Ahora veo aquel episodio como una metáfora de este país. Aquí, quienes tienen que pedir perdón nos hacen pedírselo a ellos. En México no hay reparación del daño.

¿Y cree que lo habrá?

Lo dudo. Con los gobernantes y la inequidad que tenemos, no lo creo. Habrá una recuperación personal y colectiva siempre que la gente haga algo por sí misma y eso se vuelva expansivo.

¿Cree en la amnistía?

No puede haber perdón o amnistía mientras no haya una reparación del tejido social. Esta es una sociedad muy dañada, ofendida, explotada y humillada. No se puede pensar en perdón mientras estas cosas no se resuelvan.

¿Ni con López Obrador?

No creo en los cambios por un caudillo. López Obrador tiene una ideología religiosa y no representa un cambio verdadero. Al menos para mí representa la continuidad de un sistema político, tan es así que su cuadro fuerte es de ex priístas. Si algo cambia será por un impulso social muy fuerte. Es la primera vez en la historia de México que un presidente gana por abrumadora mayoría de votos, pero no sé si nos alcance con eso.

En su texto sobre el terremoto del 19 de septiembre de 2018, escribe: ‘En esta ciudad nadie se rinde’…

La sociedad mexicana camina con mayor eficacia que sus gobernantes e instituciones. No somos producto de ellos, sino de una larga historia de sobrevivencia a través de vivir continuamente en la derrota, el fracaso y la humillación. Resistirse a eso nos ha dado cierta noción de identidad que se refleja en situaciones extremas como un terremoto. Desgraciadamente no hemos encontrado la manera de que esa solidaridad o empuje se vea en otros ámbitos de la vida que no tengan que ver con la emergencia. Cuando aprendamos a resolverlo, la sociedad cambiará, pero no será a través de las instituciones.

¿Pero México no es un país donde todo se institucionaliza?

Claro, es algo que viene desde el virreinato. El PRI no es un partido político es una idiosincrasia y para erradicarla se necesitan años de esfuerzo; un cambio de mentalidad que no puede venir de los partidos políticos porque ellos representan el atraso, la corrupción y la servidumbre.

En otra parte del libro dice que los escritores se han convertido en opinólogos profesionales.

Es la era las redes sociales y en un país con profundas deficiencias educativas a los escritores nos oyen, no nos leen. Los escritores se presenten en todos lados para ganar una presencia que en los hechos no tienen. En México no se lee a los escritores mexicanos. Por eso nuestra literatura es subsidiada.

¿No es contradictorio vivir de las becas y criticar al sistema?

¿Qué otra cosa puedes hacer? Un escritor serio o profesional que se quiere dedicar a su oficio, necesita por fuerza tener un apoyo económico fuerte. La mayoría de los escritores mexicanos tenemos un trabajo extra. El ideal sería tener un ingreso producto de mis libros para no pedir becas, pero es imposible. El hecho de que un país de becas a sus escritores dice mucho de su sistema de educativo.

Aunque algunos escritores se sienten rockstar…

En el ámbito de las mismas letras, pero mételos al metro y nadie sabe quiénes son. A lo mejor reconocen a Juan Villoro nada más. No somos Stephen King y estamos muy lejos de ese tipo de logro social y económico.

Apunta también que detesta a los escritores “joviales, dicharacheros, perfumados, prolíficos que dan la idea de escribir por disciplina”.

Mis modelos literarios son gente que vivía tanto como escribía. Jack London; Manuel Payno, pese a que fue diplomático hizo mil cosas; Charles Bukowski; José Revueltas;  Ricardo Garibay. Ahora los escritores parecen dentistas: cuidan su imagen y carrera. Saben a quién tienen que leer y cómo comportarse públicamente. Opinan de todo y bien, pese a que son sectarios, clasistas y oportunistas.

¿Qué piensa de lo políticamente correcto?

Es una censura. A los negros no se le puede decir negros; ni al lisiado, lisiado. Las cosas por su nombre. Hablando bonito y con eufemismos no se termina con la desigualdad. Esto es doble moral e hipócrita.

 ¿Nunca se planteó seriamente ser boxeador?

No, es una afición que conservo por mi padre, quien sí boxeó. Lo practiqué dos años en el gimnasio Jordán hasta que un día, un chavo que sí iba en serio me apagó la luz. En aquel tiempo leía mucho a Bukowski, London y Garibay, los tres lo practicaron así que sentía que era necesario hacer box. Mis mentores literarios hicieron más por mí que la SEP.

¿En qué momento la autobiografía se convirtió en su proyecto literario?

Me ha costado mucho trabajo la autoficción. Justo ahora estoy leyendo las Memorias de un joven burgués, de Sándor Márai y no me parece tan genial. Creo que para hacerlo necesitas una dosis de desfachatez y una rigurosa selección de tu desmemoria. No necesariamente lo que cuentas ocurrió tal cual, hay margen de ficción que debemos aceptar. Es un proceso de muchos años, yo llevo diez libros y no termino. Nada que perdonar, es copiloto de una novela autobiográfica que estoy por concluir. Yo trabajo como un orfebre, como lo hacía mi padre que era joyero.

En su literatura hay un reconocimiento importante a su familia.

La familia es importante como infierno o como posibilidad de redención. Lo que eres en lo individual y colectivo está en tu familia.

¿Qué le debe en lo bueno y en lo malo?

Hay pocas cosas que pueda recriminarle. Quizá no explotar su talento en lo individual o el no trabajar mejor en lo colectivo. En realidad les estoy muy agradecido. Con mi padre viví enemistado mucho tiempo, pero en sus últimos nos hicimos los mejores amigos. Gracias a que sané esa relación es que hoy puedo estar platicando contigo.

¿La sanó gracias a la literatura?

No, sané gracias a que con mis padres aprendí que el rencor no te lleva a ningún lado. A que la venganza no sirve de nada como no sirve de nada culpar a los demás de tus decisiones. Cuando deserté de la escuela nadie me forzó a regresar. Nadie me puso un pero cuando decidí viajar. La literatura sin duda me ayudó porque siempre he sido buen lector, pero a mis 56 años, todavía me siento un escritor en formación.  Quizá si llego a los 80 años escribiendo podré decir que se algo, pero todavía no.

 

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