Published On: Lun, Jun 19th, 2017

IMÁGENES PUEBLERINAS.

Desde Huatusco.

Imágenes Pueblerinas.

Roberto García Justo.

A partir del año de 1950, se rompió  el encanto y la magia del Huatusco antiguo, dejaron de funcionar los aspectos esenciales que lo relacionaban con un pasado lleno de tradiciones y costumbres que reflejaban la cultura milenaria, para que la modernidad transformara su esencia. Es por esas fechas que se inscribe la inauguración de la carretera Fortín-Conejos, que sin proponérselo, impulsó la llegada de productos manufacturados en otros centros, desequilibrando la economía interna que se mantenía ligada a las comunidades.

Buscamos a una persona que narrara con precisión lo que debemos saber para comparar los hechos de antaño. Encontramos a la profesora Angelina Sedas Acosta, que con agrado sacó de su memoria lo que ella recordó: “Muy de mañana, al descubrirse el alba, buscaba insistentemente los rayos del sol que se filtraban por el tejado, junto con el humo del fogón, formaban figuras que danzaban brillantes y fugitivas. Al perseguirlas con la mirada, las contaba con los dedos de mi mano, para admirarlas hasta que se diluían.

Al despertarme, alegre sonreía porque comprobaba que estaba en la hermosa cama de mis padres, que tanto admiraba. La cabecera estaba hecha de cedro con esferas labradas y barnizadas por un buen carpintero. Tenía un espacio amplio y fuerte para sujetarme y saltar sobre la almohada. Por el  sentido del olfato percibía el olor a café recién salido de la hornilla. Afuera, en el patio,  las bestias resoplaban,  el abuelo  las preparaba para salir a realizar la labor del  campo.

Un acariciante airecillo húmedo corría entre los arboles de guayabo morado que me deleitaba con sus frutos jugosos, así como un espectacular granado con sus rojas y sedosas flores, que daba unas esferas verde por fuera y rojo por dentro del tamaño de una manzana, con muchos retoños tiernos. Casi en  la madrugada, el lechero llegaba a caballo con sus enormes cantaros,  corría para asomarme y admirar los cascos del animal que golpeteaba sobre las pulidas piedras de la calle. Abría sus grandes ojos y masticaba el freno. Su color rojo  daba la idea de ser manso, ya que se quedaba quieto.

Mi Madre recibía el blanco líquido y pagaba, luego me tomaba de la mano para dirigirnos a la cocina, donde después de hervirla me servía una taza con café endulzado con panela y un pan de anís con natas, huevo frito con frijoles y tortilla calientita. Cuando terminaba, ya había salido un sol radiante que iluminaba todo el pueblo, cada piedrita lisa reflejaba los rayos iluminando las aceras enlozadas que daban categoría a las espaciosas y solitarias avenidas.

Hileras de casas de madera, encaladas y con guardapolvo rojo daban pie al paisaje, sus dos puertas serruchadas en el centro permanecían abiertas para que entrara la fresca mañana.  Como un atrevimiento me subía en un banco para sacar la cabeza y observar el ir y venir de los parroquianos. En aquella época las mujeres vestían enaguas largas de percal, cubierta la cabeza con rebozo de distintos colores, amarrados de las puntas que terminaban en macramé.

Me llamaba la atención la dificultad de caminar con chancla de cuero baquetudo, de  punta respingada y suela de cuero. Para los señores era distinto, ellos usaban pantalón de dril, ajustados a las piernas, camisa parecida a la guayabera, confeccionada con la misma tela, sombrero de palma, unos de ala ancha tipo charro, otros con cinta ancha negra para sostenerlo con la quijada y los de paja estilo carrete, propios de la moda de los años veinte.  Los jóvenes seguían a la vanguardia y preferían zapatos do botón o hebilla y de piel acharolada

para que brillara. Era un lujo traer una larga cabellera y cantaban: “Las pelonas son del diablo, parientes del alacrán, la que quiera ser pelona, que pague contribución”.