Published On: Lun, May 15th, 2017

QUINCE DE MAYO.

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Desde Huatusco.

Quince de mayo.

Roberto García Justo.

El señor tiempo borra de una manera sistemática  las costumbres y las tradiciones de las comunidades, cuando no se conoce el cúmulo de festividades religiosas  que nacen y crecen por la insistencia de los pobladores que se niegan a perder  una herencia cobijada por la iglesia. De vez en cuando recogemos los recuerdos que se conservan en el seno de algunas familias que se aferran al pasado como  si existiera un compromiso firmado bajo las reglas del respeto y la honestidad misma  que se requiere cuando se convoca a la convivencia.

El Cura Enrique Trejo y Domínguez dejó en el seno de la sociedad católica huatusqueña un legado importante,  lleno de motivación y  energía, cuyo contenido está basado en la Fe que se necesita  para conseguir propósitos benéficos para la mayoría.  Su aspiración fue clara y concisa, reconoció que estaba en sus manos realizar  una misión especial. Y para cumplirla tenía que poner en práctica todo su talento, acompañado de la influencia lograda por sus actos desinteresados, ante una congregación deseosa de sumarse a su proyecto.

La estrategia le dio buenos resultados en virtud de que consiguió valiosos  aliados que se entregaron a la causa de este prudente  pastor que supo aprovechar las ventajas que le ofrecía un medio adecuado para ser re-catequizado. De ese modo instruyó a sus ayudantes para que en cada  templo o capilla se venerara la figura de un Santo. Y, para cumplir con este propósito nombró las mayordomías que se encargaban de organizar  los festejos, siendo estos tan exitosos que los responsables duraban en el cargo hasta veinte años.

Un día como hoy, quince de mayo, fue la fecha escogida para que se celebrara a San Isidro Labrador.  Patrono de la Villa de Madrid España, que dedicó su vida al trabajo de jornalero y agricultor, al lado de su esposa María, poseedora de una gran devoción.  En aquel tiempo los feligreses apartaban con un mes de   anticipación su misa en el Templo de San Antonio de Padua. Para recordar que estaba próximo  el acontecimiento,  daba  inicio una serie de actos que advertían  la víspera de la celebración.

Existía seriedad y responsabilidad  en todo lo que se programaba; ocho días antes, las campanas mayores repicaban con intensidad a las once y media de la mañana lo que se denominaba como los tlachicometes. Lo mismo ocurría el mero día pero a las cuatro con treinta minutos de la madrugada, en ambos casos una nutrida estampida de cohetes eran disparados al cielo, dando a entender con su estallido que la fiesta del abogado de los campesinos había iniciado. El Padre Trejo leía una explicación corta y precisa de la vida y milagros del Santo, frente a un conglomerado compuesto principalmente de cafeticultores, cañeros, ejidatarios y pequeños propietarios del medio rural.

Terminada la misa de las siete, los asistentes salían en procesión cargando sobre los hombros,  la figura de San Isidro, hecha de madera tallada,   rumbo al domicilio  del mayordomo. Rezando el Padre Nuestro y el Ave María  en voz alta,  en agradecimiento por las bondades recibidas durante el ciclo que dura  la cosecha. También combinaban una serie de  promesas y peticiones con la finalidad de que la temporada futura,  no fuera  consumida por las plagas, la sequía o las abundantes lluvias.  Terminando con esta reconciliación espiritual, pasan a sentarse en la mesa donde se les  invitaba un suculento desayuno.

Antes de empezar a comer persignaban el platillo, en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo,  luego  se servían  espumoso chocolate donde mojaban el sagrado pan, que amasaban los tahoneros  especialmente para este evento. Sin faltar las memelas de frijoles, picadas con chile comapeño y chicharrón. Al término del convivio se recitaba  un último rosario. Correspondía al  dueño de la casa dirigirse a los presentes  con todo respeto para  agradecer  la asistencia de los que venían  del campo,  se despedían contentos porque tenían la seguridad de que con sus virtudes y dones San Isidro los protegería  de las inclemencias del tiempo. Hay que destacar que  entre los mayordomos se llamaban compadre.

 

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